A ser

Ser... Para eso hemos venido, para ser y estar en plenitud, y en el Amor. A servir y no a ser servidos.

A estar. Estar estando, no de cualquier manera. Acoger y acompañar, darse por entero sin llevar las cuentas.

A abrazar. Abrazar al otro en sus tesoros y miserias, defender la Vida, llevar a Cristo por bandera.

A superar. Los miedos y las guerras, las malas decisiones, las idas de pinza, tantas batallas internas.

A escuchar. El corazón y al otro. Al Dios que nos susurra cómo, por dónde, cuándo, tanto amor en todo.

A hablar. A soltar las riendas, a decir qué sientes, qué te duele, cómo piensas. A sacar de dentro tantos nudos que te aprietan.

A caminar. A veces sólos pero no sin Alguien. A veces llenos de compañía, de amistad y guía, de hogar y familia.

A beber. Del cáliz amargo y del Agua Viva, de lo efímero y mundano; de la eternidad que se esconde en lo más pequeño y cotidiano.

A comer. De las migajas y el Pan entero, de lo insaboro y lo más placentero, de la basura de la hipocresía y del maná que nos cae del Cielo.

A volar. A confiar más en las alas que en la rama que nos sostiene, a ver la fuerza en el viento y no en lo que inventas que viene.

A ser sal. Y luz. A prender la chispa de la esperanza en los hermanos, a hacer más grande la llama en ti para prender y ser santos.

A callar. Callar los juicios y las opiniones, los comentarios dañinos, la indiscreción y los gestos feos y amargos.

A ser árbol y dar fruto bueno. Raíz anclada en Tierra Firme, flor que crece donde sea que Dios la planta, brújula del amigo, sombra, siempre casa.

A dejarnos guiar. Y acompañar y amar. A dejarnos salvar por Alguien que intercede en el pastor, en los desconocidos, en cada uno de los que nos parecen un ángel.

A perdonar. Porque siempre somos perdonados, porque si no podemos o no sabemos, Él ya lo ha hecho y sólo hay que imitarlo.

A abandonarnos. No a dejarnos morir en vida sino a hacer pequeños el ego, lo sólo nuestro y lo propio para que Dios sea Dios y todo encuentre su lugar a través del otro.

A amar. A amarnos. Y punto. No hay que darle más vueltas, es el principio y fin de todo el mundo. Su ausencia es lo que mata, no elegirlo es tan absurdo...

A cantar y bailar. Libres y auténticos. Dan igual la voz y los pasos, la música sana más que muchos medicamentos.

A reír. En silencio y a carcajadas, con la boca y con la mirada, con los dientes perfectos o haciendo escalada. Tú ríe, sé feliz, más importa el alma.

A luchar. Contra el mal de fuera y de dentro, contra los faraones y los ídolos que abren heridas profundas con promesas disfrazadas de dulce ungüento.

A contemplar. Adentrarnos en el misterio insondable, multiplicar tanto don incalculable; a restaurarnos siempre que estamos en ruinas.

A orar. A ser acción de gracias a Dios, por el hermano, a subir por cada Misterio hasta el Corazón más sagrado, a ir de la Mano de nuestra Madre; a seguir sus pasos.

A vivir. Vivir, vivir. A no cargar la mochila con tanto peso inútil, a llenar el corazón de ti, de mí, de tanto bueno que me pierdo, que perdemos, sólo por el miedo.

A ti... A eso hemos venido, a volver a Ti, a volver al amor del principio, a hacer vivo tu Evangelio y, como el grano de trigo, morir para vivir.