La oveja perdida
Busco a mi Pastor. Tiene en los ojos el mar y un sonido en su
risa que le da ritmo a las olas, me hace bailar. En sus grandes manos encuentro
mi hogar, cabe todo mi universo; acaricia mis fallos con un montón de paciencia
y me enseña, con preguntas, a crecer y a ser auténtica. Él alienta mis pasos y
me devuelve al redil recordándome siempre que soy libre porque el Amor me ha
hecho ese regalo. Insiste en que así debo vivir. Me ha mostrado el Camino, la
Verdad y la Vida. Están en él y de él manan. Y yo, cada vez que me habla de ese
regalo, pienso que para regalo él…
Porque me acoge como algo sagrado, me quiere incondicionalmente, y mi identidad
está clara gracias a que él es en mí; porque cuando me mira y lo miro veo
cuánto me quiere Jesús. Y veo sus ojos enamorados brillar como las estrellas en
las noches de frío, la alegría en su voz reviviendo el momento en que se
encontró con Él por primera vez; la energía, la pasión y la oración hecha
acción; y ese humo que envuelve el misterio y que desgasta los cigarros como un
reloj de arena. El tiempo con él es tiempo de Dios. Es estar en Dios.
Mi Pastor me conoce y su voz es única para mí. Cuando me
pregunta cómo estoy sé que lo hace para que sepa que se preocupa porque sabe la
respuesta, no necesita que le conteste. Pero comprende que yo sí, que necesito
poner orden y desenredar las redes; sabe de mis miedos, mi pereza, mis
inseguridades y mis miserias. Y lo abraza todo cada vez que me ve, cuando dice
mi nombre, abre sus brazos y me carga en sus hombros. Y me pone en Sus Manos. Él
me escucha aunque me repita…
Busco a mi Pastor. Sin él estoy perdida. Y ya nadie me
muestra el Camino, ni me habla con la Verdad, ni le da Vida a mi vida. Mi
Pastor, ¿dónde está? Que ya no veo en sus ojos Tus ojos, no escucho en su hacer
Tu Palabra; en el ruido no Lo oigo reír. Ya no lo encuentro por aquí…
¿Dónde está? Que me abraso en el fuego buscándolo, que lo
llenaba todo y la silla sigue vacía; que seguimos solos. Lo sé, solos pero no
sin Alguien.
¿Dónde está? Que ya no veo la huella de sus pisadas, no
percibo sus brazos abiertos; que nadie acoge mis disnortes, mis anhelos, mi
dolor. Que este caos no se ordena solo.
¿Dónde está? Que me estorban los pensamientos, que ya no
quiero esperar más respuestas, que me pesan tantas cosas ajenas y no puedo
verme porque ya no me mira.
¿Dónde está? Que antes le rezaba menos y lo vivía más, que no
puedo decir algo nuevo si Él no hace nuevas todas las cosas; que no hay sueños,
ni promesas, ni esperanza. Que pongo más atención en el recipiente que en la
gracia.
¿Dónde está mi Pastor? Que ya no hay puntos cardinales ni
vientos; que todos los días son estaciones, horas y duelo; que en mi memoria se
refleja su presencia constante en mi vida y no sé salir de aquí si su Espíritu
no me impulsa el vuelo.
¿Dónde está? ¿Cuándo vuelve?
¡Cuánto lo quiero…!