Ya no

Ya no tengo tus manos de caminos y vida que acariciando el despertar de mis orígenes contaban historias que hoy son tesoros en la mía; no están los senderos que has andado, las montañas que escalaste y los impulsos de tu voluntad frente a mí para recordarme que se puede siempre, porque cuando algo te es quitado con los dones que posees puedes construir otro algo que sostenga quién eres, que te ayude a continuar e impulse tu corazón más allá de lo que eres capaz de imaginar en sueños.

Ya no puedo besar tus mejillas de valles y minas ni mirar tus ojos como quien mira dos estrellas que si quisiera podría tocar. No tengo más de tu cuerpo hecho de misterio y valor, de superación y fragilidad, de perseverancia y gruñonería; de sonrisa escondida que siempre se dejaba ver si era yo quien la buscaba.  

Ya no puedo sentarme contigo en el patio y ver cómo tu pequeñez se mece en una brisa de ternura mientras la sabiduría de tus años pone nombre y alas a este pajarico.

Ya no puedo llamarte ni escucharte los ecos de un tiempo pasado que han sido puente y alianza revividos una y otra vez.

Ya no…

Ahora sólo queda un manantial en mi pecho donde descansa cuánto te quiero y de donde brota alguna lágrima cuando decido que no me importe estar triste porque quiero sentirte cerca; donde está guardado todo en un “GRACIAS” inabarcable a Dios por lo precioso de ser parte de ti y de llevar en quien soy tanto de quien fuiste y eres.

Siempre vas a ser, en presente. En mí.