Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz
Qué pequeña soy para describirte, y qué grande tu amor que se cuela por todas partes y hace nuevas todas las cosas.
Qué
colección de miedos y miserias tengo, y qué invaluable el tesoro de cada día
que me descubre tus ojos, tu mirada, tu sonrisa y la caricia de tu gracia que
da sentido a las obras y al silencio.
Qué
infinitas las dudas y preguntas, y qué misterio el de tocarte en la Palabra,
darte en forma de pan y acercarte a mí para abrazar todo lo que soy.
Qué
cantidad de ideas y horas intento controlar y que inabarcable lo que siento al
ser consciente de que me eliges, me amas, me cuidas y guías a cada instante el
aliento de mi vida.
Qué
indecisión la mía, y qué decisión la tuya, tan firme y entregada, tan extrema y
tan real.
Qué
oración tan discontinua te dedico, y qué inmenso el mar de ofrendas al que me
invitas a navegar, a remar mar adentro y abandonarme en medio echando el ancla
en Tu Corazón.
Qué
sola me siento a veces, y qué paz saber que Alguien vela por mí, ora por mí,
espera por mí y me busca incansable.
Qué
desconfiada soy, y qué fiable tu promesa que va creciendo aquí dentro y palpita
una y otra vez despertando la esperanza, la alegría y la fe.
Qué
cabezota soy a veces, y qué paciente es tu voluntad que no deja de repetirse en
mi historia buscando siempre la manera de sorprenderme y ayudarme a entender y
a aprender.
Qué
inmenso el ruido que me llena, y qué serena tu voz que me marca el camino, que
me llama por mi nombre y no cesa de repetirme “te amo y te perdono”.
Qué
poca cosa me he sentido siempre, y cuánto me has confiado desde antes de sentir
que tuviera alguna identidad.
Qué
rara soy, y que suerte que mi rareza tenga que ver contigo, que sea rara para
otros pero sea quien soy para ti y en ti.
Qué
voz tan débil la que sale de mi boca, y qué fuerte el estruendo de la verdad
que me inspiras, de la sabiduría que persigo, de la escucha en que me envuelvo
cuando te descubro en alguien más.
Qué
frágiles mis esfuerzos, y qué constante tu presencia en mi debilidad, tu deseo
de volver al principio, tu ternura para tratar mis errores.
Qué
insegura soy, y qué segura estoy de que provees siempre, de quién es mi persona
favorita y de dónde empieza y termina todo; de que el amor es más fuerte que
todo.
Qué
cansada estoy de ir por delante, y qué bien que me haces ver que no puedo con
todo, que no todo me pertenece y que si me echo el mundo a las espaldas ni el
mundo puede seguir rotando ni yo puedo respirar.
Qué
inútiles los pensamientos en bucle, y qué aire fresco entra en el alma cuando los
dejo pasar y pasan, cuando me vacías del mundo y me llenas de ti; cuando
comprendo que un futuro sin ti no es posible y estamos juntos aquí, ahora.
¡Ay,
mi Jesús, cómo le das la vuelta a las cosas!.