También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría

Tú me has llamado por mi nombre, lo has escrito en un libro y lo has guardado en tu corazón.

Dejaste a las noventa y nueve para buscarme y desde que me encontraste siempre ha habido un sitio para mí en tu mesa.

Hiciste carne el Verbo, la Palabra, en tu propia carne. Y la cruz pesada de la enfermedad la cargaste con alegría, con entereza, con los brazos del Amor y la ternura de una madre.

Me has devuelto a la Vida y has hecho que esta casa vuelva a ser un HOGAR.

Qué duda cabe, todos vamos a morir después de vivir pero, ojalá, como tú, todos podamos vivir y morir con Jesús.

Tú también eres Pascua porque con tu paso hemos sido testigos del paso del Señor, del Dios Vivo, del Dios Humano, del Dios verdadero.

Nos has mirado a cada uno como alguien único, imprescindible, necesario. Nos has hecho sentir aún más hijos, más familia, más de Dios. Y eso sí que es único. Tu amor incondicional, tu fe viva, tu esperanza siempre, siempre rebosante. Cada día. Fuese cual fuese la prueba.

Nos has amado hasta el extremo, has regado en nuestros corazones la semilla del Reino, has partido el Pan, bebido de Su Cáliz, has lavado nuestros pies.

No has dejado que uno se pierda, has puesto orden en el caos y has velado por cada detalle.

Sólo Dios sabe cuánto has llorado para poder sonreírnos cuando te sentías mal, cuánto sufrimiento has soportado y cuántas veces te has tenido que levantar para llegar a los que Dios quiera, cuando Dios quiera y como Dios quiera.

Gracias, Pedro, por decir Sí a Dios, por fiarte y dejarte llevar hasta nosotros.

Gracias por tu trabajo, tu sacrificio y tu vida gastada en el Señor, para nosotros.

Gracias por tu coherencia, tu transparencia y tanto bien hecho. Por enfocarnos en Lo Más Importante y mostrarnos un modo mejor, mucho mejor, de vivir.

Tú eres sacerdote para siempre. Nuestro amigo, nuestro Pastor, nuestro milagro de Dios.

Te quiero. Te queremos.