Maestro, que sienta

Estando Jesús a orillas del lago, se le acercó un joven y le dijo:

“Maestro, tengo un amigo que no está bien. Finge que sí, pero pone etiquetas a la gente, juzga lo que hacen y lo que no, cuando les pasa algo malo se alegra porque cree que lo merecen.

Cuando pensamos hacer un plan siempre tiene que ser lo que él quiere, si alguien le hace la contra se pasa el tiempo atacándolo, a las personas mayores las trata despectivamente y se ríe de los niños pequeños que viven en su barrio. Busca siempre la discusión, la polémica. Se pasa todo el tiempo quejándose y si ve a alguien en apuros, ahí se las apañe… 

He oído que haces nuevas todas las cosas y según el profeta Ezequiel, Dios dijo: <<Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.>>

Tú dices que la medida que usemos será usada con nosotros, y yo quiero lo mejor para mi amigo, por eso vengo a pedirte que transformes su corazón, que lo hagas capaz de sentir lo que los demás sienten con cada uno de sus actos y con cada una de las cosas que no hace y también dejan una huella triste en los otros. Te pido el don de la empatía para mi amigo, que antes de hablar o actuar sienta las consecuencias de ello y obre siempre con amor y no con egoísmo; que ese amor llene su vida y que esa vida esté abierta al hermano, al desconocido y a todo el que se acerque  a él.”

Jesús, mirándolo con ternura, le dijo:

“Amigo, la paz sea contigo. Sólo con tu deseo sincero y el amor con que lo pides, tu amigo ya está sanando y aunque no lo veas hoy, desde que empezaste a cuidar de él, van cayendo, poco a poco, las capas de piedra que aprisionan su corazón. Sigue llenando de detalles su día a día, en ese estar estando, con las antenas abiertas y siempre dispuesto a escuchar mi voz, ¡sígueme!, que desde este momento tu amigo ya no camina solo y en cada paso que dé, irán con él tantos a los que ha de aprender a amar.”