Jueves Santo

Lavar los pies ya no es un gesto sólo Tuyo, ya no habla sólo de Tu Amor ni me recuerda sólo a tu Última Cena.  Ya no es testamento único, ni historia pasada, ni un imposible que me pides realizar.

Lavar los pies lleva hoy el nombre del Amigo, lleva la vida entera gastada y es un par de retratos que el Espíritu inspiró. Es un legado sencillo y concreto, un latido muy vivo, una despedida que, yo no lo sabía, pero daba paso a una eternidad.

Lavar los pies es una caricia a mi existencia, un montón de velas encendidas, una broma que nadie entiende pero que aún así se da de forma natural. Es ponerse en medio, fiado, esperando que el cariño de Tu Providencia actúe; poner la ternura en los detalles más insignificantes y llenar los vacíos inmensos que, a diario, manipulan al corazón.

Lavar los pies es un extremo al que no llego, una aventura apasionante, una dulce espera que sólo en ti puede acabar. Es una presencia incondicional, que en todo deja huella, que impregna mi vida entera y me mueve a algo más. Es Tu Palabra viva, vibrante, impulsando mis pasos y acallando el ruido tonto. Es un paisaje inacabable, un saber que desconozco y un escalón donde sentarme a llorar con el abrazo de consuelo que me acompaña y vive todo conmigo.

Lavar los pies es servir y ser servido porque siempre gana el que más da. Tu Amor, que no lleva cuentas de nada, entre tantas miserias, multiplica los tesoros escondidos, se da y se da. Y por más dolor que siento, Contigo me siento ganar.

Yo no sé cómo lo haces, pero haces todo tan bien... Aun cuando llega la muerte por sorpresa, en ella te haces presente y de nuevo nos repites: "Yo he vencido al mundo".

Y este mundo es precioso porque existes Tú por todas partes y porque estás en cada uno de los que me ayudan a cargar la cruz, a encender la luz y a despertarme.

Lavar los pies es ahora lo último y lo primero, ahí terminó todo e hiciste todo nuevo.

De nuevo ahí, en él, el Amor murió y vino para quedarse.